TIENDA ARTESANAL DEL HIERRO

Descripción

En Piazza Mercato del Fieno, Città Alta, la familia Scuri lleva cuatro generaciones manejando la tienda Bottega del Fabbro.

 

La tienda del herrero (“bottega del fabbro” en italiano) tiene más de un siglo de historia. Durante los años ha realizado cada tipo de obra en hierro: decorado, barreras, verjas, letreros, obras para la seguridad. Para realizar obras de alta calidad, el herrero utiliza con habilidad los antiguos métodos de producción junto con las últimas tecnologías.  

 

Además, la Bottega del Fabbro reacondiciona viviendas, palacios antiguos, iglesias y monumentos.  

A partir del año 2012 se ha registrado en el Registro Nacional de Negocios Históricos.  

En compañía de la asociación Distretto Urbano del Commercio hemos encontrado a Raffaele, el dueño, que nos ha contado su historia.

 

“La Bottega del Fabbro de Raffaele Scuri, en la ciudad vieja de Bérgamo, es un lugar de otro tiempo. Nada más entrar se percibe una atmósfera única: caballeros y espadas, damas, viviendas refinadas. Parece que improviso pueda entrar un palafrenero, o el guardián de un tesoro escondido, con llaves pesadas y cerrojos de arreglar.

 

En realidad entran parejas de turistas intrigados con este arte antiguo, junto con muchos personajes conocidos de Città Alta que pasan cada día para tomar un café, charlar sobre la noticia del día, y sobre todo para mirar.

 

Sì, esistono gli umarell da bottega!

 

El herrero Raffaele Scuri nos espera con los brazos cruzados, como para no dejar escapar la energía que le va a necesitar para trabajar: lleva chaqueta y vaqueros, pero podría llevar ropa de una época pasada con la misma naturalidad.

El suyo parece un lugar de belleza eterna, donde el arte, la artesanía, la física y la sensibilidad humana se unen tomando la forma única e irrepetible de un objeto de hierro forjado: una cabecera, la verja de un palacio, la lámpara de un museo.

 

Desde hacia el siglo pasado (el primer taller se remonta al año 1904), aquí han trabajado cuatro generaciones de artesanos, que con martillo, sudor y pasión supieron acompañar la vida nueva de parejas jóvenes decorando su propia casa, soñandola hermosa y fuerte tal como su amor.

 

“Por desgracia, ya no es cómo en el pasado - nos dice con indiferencia aparente - ya no se practica lo que es “para siempre”: no existe la vivienda de una vida, ni tampoco el amor. La gente se muda, cambia de ciudad, de País y no construye nada para el futuro. Nuestra profesión ha cambiado, pero no por culpa de la industria, de los grandes almacenes, de los descuentos, sino por los seres humanos y su tendencia a vivir aquí y ahora - dónde las inversiones, sobre todo las que conciernen las relaciones humanas - son cada vez más frágiles y efímeras.

 

Las palabras de Raffaele mezclan dureza y melancolía, una especie de resignación angustiosa que ya no deja espacio por la maravilla. Pero el fuego va a devolvérsela un momento después.

 

El herrero de Città Alta se quita la chaqueta, reanima el fuego con decisión e inmerge una larga barra de hierro. Nos quedamos inmóviles, con miedo a molestarle. Son suficientes seis golpes de martillo, el ritmo de sus brazos expertos, la sencillez aparente de un gesto aprendido mirando, fallando, intentando otra vez, para ver el nacimiento del bucle perfecto y distinto de todos los demás de la barandilla de una terraza.

 

Solamente ahora él sonríe, con satisfacción: “la parte más interesante de este trabajo es encontrar el camino para realizar algo que parecía imposible”.

No se trata solamente de utilizar las manos y las herramientas: hace falta reflexión, tener tenacidad y el sentido de la belleza.  

 

Hace falta lo que la poeta Alda Merini llamaba “la mirada poética”, es decir la actitud extraordinaria de sacar la poesía de un objeto inanimado.

 

¿Acaso alguien sepa si se puede enseñarlo? ¿Acaso alguien tenga ganas de aprenderlo todavía?

 

Aparte de esto, Raffaele es hijo de otro herrero: su padre Pietro sucedió a su abuelo en los años Sesenta, aportando alguna innovación técnica y maquinarias nuevas, además de la poesía, sobre todo.

 

De hecho, Pietro Frér es la firma de un poeta dialectal que supo cantar sobre la vida dura del herrero.

 

“A l’ mör e l’ fà sènder urmài chèl carbù

a l’ sèra bütiga, l’è stràch pò a ‘l frér,

ma dét a chi öcc a s’ved la passiù

insèma al piassér d’ ì facc ol doér;

in mès al sò mónd e a chèla armonia,

a l’ canta piö ontéra la sò poesia.

(poesia de Piero Frér del libro “Piero Frér poesie”)

Llevarse a casa un objeto realizado en el taller de Raffaele Scuri es un gesto de fe: en la belleza, en el trabajo, en el futuro y en la poesía.”

 


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En Piazza Mercato del Fieno, Città Alta, la familia Scuri lleva cuatro generaciones manejando la tienda Bottega del Fabbro.

 

La tienda del herrero (“bottega del fabbro” en italiano) tiene más de un siglo de historia. Durante los años ha realizado cada tipo de obra en hierro: decorado, barreras, verjas, letreros, obras para la seguridad. Para realizar obras de alta calidad, el herrero utiliza con habilidad los antiguos métodos de producción junto con las últimas tecnologías.  

 

Además, la Bottega del Fabbro reacondiciona viviendas, palacios antiguos, iglesias y monumentos.  

A partir del año 2012 se ha registrado en el Registro Nacional de Negocios Históricos.  

En compañía de la asociación Distretto Urbano del Commercio hemos encontrado a Raffaele, el dueño, que nos ha contado su historia.

 

“La Bottega del Fabbro de Raffaele Scuri, en la ciudad vieja de Bérgamo, es un lugar de otro tiempo. Nada más entrar se percibe una atmósfera única: caballeros y espadas, damas, viviendas refinadas. Parece que improviso pueda entrar un palafrenero, o el guardián de un tesoro escondido, con llaves pesadas y cerrojos de arreglar.

 

En realidad entran parejas de turistas intrigados con este arte antiguo, junto con muchos personajes conocidos de Città Alta que pasan cada día para tomar un café, charlar sobre la noticia del día, y sobre todo para mirar.

 

Sì, esistono gli umarell da bottega!

 

El herrero Raffaele Scuri nos espera con los brazos cruzados, como para no dejar escapar la energía que le va a necesitar para trabajar: lleva chaqueta y vaqueros, pero podría llevar ropa de una época pasada con la misma naturalidad.

El suyo parece un lugar de belleza eterna, donde el arte, la artesanía, la física y la sensibilidad humana se unen tomando la forma única e irrepetible de un objeto de hierro forjado: una cabecera, la verja de un palacio, la lámpara de un museo.

 

Desde hacia el siglo pasado (el primer taller se remonta al año 1904), aquí han trabajado cuatro generaciones de artesanos, que con martillo, sudor y pasión supieron acompañar la vida nueva de parejas jóvenes decorando su propia casa, soñandola hermosa y fuerte tal como su amor.

 

“Por desgracia, ya no es cómo en el pasado - nos dice con indiferencia aparente - ya no se practica lo que es “para siempre”: no existe la vivienda de una vida, ni tampoco el amor. La gente se muda, cambia de ciudad, de País y no construye nada para el futuro. Nuestra profesión ha cambiado, pero no por culpa de la industria, de los grandes almacenes, de los descuentos, sino por los seres humanos y su tendencia a vivir aquí y ahora - dónde las inversiones, sobre todo las que conciernen las relaciones humanas - son cada vez más frágiles y efímeras.

 

Las palabras de Raffaele mezclan dureza y melancolía, una especie de resignación angustiosa que ya no deja espacio por la maravilla. Pero el fuego va a devolvérsela un momento después.

 

El herrero de Città Alta se quita la chaqueta, reanima el fuego con decisión e inmerge una larga barra de hierro. Nos quedamos inmóviles, con miedo a molestarle. Son suficientes seis golpes de martillo, el ritmo de sus brazos expertos, la sencillez aparente de un gesto aprendido mirando, fallando, intentando otra vez, para ver el nacimiento del bucle perfecto y distinto de todos los demás de la barandilla de una terraza.

 

Solamente ahora él sonríe, con satisfacción: “la parte más interesante de este trabajo es encontrar el camino para realizar algo que parecía imposible”.

No se trata solamente de utilizar las manos y las herramientas: hace falta reflexión, tener tenacidad y el sentido de la belleza.  

 

Hace falta lo que la poeta Alda Merini llamaba “la mirada poética”, es decir la actitud extraordinaria de sacar la poesía de un objeto inanimado.

 

¿Acaso alguien sepa si se puede enseñarlo? ¿Acaso alguien tenga ganas de aprenderlo todavía?

 

Aparte de esto, Raffaele es hijo de otro herrero: su padre Pietro sucedió a su abuelo en los años Sesenta, aportando alguna innovación técnica y maquinarias nuevas, además de la poesía, sobre todo.

 

De hecho, Pietro Frér es la firma de un poeta dialectal que supo cantar sobre la vida dura del herrero.

 

“A l’ mör e l’ fà sènder urmài chèl carbù

a l’ sèra bütiga, l’è stràch pò a ‘l frér,

ma dét a chi öcc a s’ved la passiù

insèma al piassér d’ ì facc ol doér;

in mès al sò mónd e a chèla armonia,

a l’ canta piö ontéra la sò poesia.

(poesia de Piero Frér del libro “Piero Frér poesie”)

Llevarse a casa un objeto realizado en el taller de Raffaele Scuri es un gesto de fe: en la belleza, en el trabajo, en el futuro y en la poesía.”